«Cocinar no es para todos» y no lo digo desde el egocentrismo, lo digo como una realidad que nadie quiere reconocer. No porque todos tengamos que ser chefs profesionales o conocer las últimas técnicas culinarias, ni porque sea obligatorio entender la función de cada ingrediente. Simplemente hay personas que genuinamente no disfrutan cocinar. Les parece un acto molesto, frustrante y tedioso, prefieren pagar para que alguien más lo haga, y la verdad es que no hay nada de malo en eso.
A veces esta frase se dice como una crítica, otras como una confesión y, en algunos casos, hasta con cierto orgullo. Hay quien presume que no sabe ni freír un huevo, mientras que otra persona encuentra relajante pasar dos horas preparando un mole. Ninguna de las dos posturas está mal.
Nuestra relación con la cocina cambia con el tiempo
Lo curioso es que muchas veces pensamos que nuestra relación con la cocina es permanente, cuando en realidad cambia conforme cambia nuestra vida.
Recuerdo perfectamente mi época de estudihambre que si me hubieras preguntado hace algunos años, probablemente habría respondido que cocinar era una pérdida de tiempo. Lo hacía porque había que comer y porque el presupuesto de estudiante no daba para mucho más. Si la comida estaba caliente y no sabía terrible, misión cumplida.
Hoy la historia es distinta, tanto, que terminé haciendo una carrera alrededor de la gastronomía. No porque de pronto me convirtiera en un apasionado de la cocina de la noche a la mañana, sino porque entendí que cocinar puede significar cosas muy diferentes dependiendo del momento en el que estés. Y creo que ahí está el punto de este artículo cocinar no es para todos, o al menos no de la misma manera ni por las mismas razones.
Todos llegamos a la cocina por caminos diferentes
Hay quien cocina para ahorrar dinero, hay quien cocina porque extraña la comida de su madre, hay quien lo hace para impresionar a alguien en una cita; todos conocemos a esa persona a la que el arroz le quedó más seco que un desierto. También están quienes simplemente disfrutan el proceso, a mí me tomó tiempo llegar ahí.
Durante la universidad cocinaba porque debía hacerlo y, después de pasar horas en una cocina, lo último que quería era volver a cocinar al llegar a casa, resulta bastante irónico que años después descubriera que justamente esa parte fue la que terminó atrapándome.
Aprender a cocinar también depende del entorno
A lo largo de mi vida he conocido personas que nunca han tocado un sartén porque nunca tuvieron la necesidad y lo digo habiendo conocido tanto a personas con muchísimo dinero como a personas que viven al día, en ambos extremos encontré gente que jamás había cocinado o siquiera sostenido un cucharón.
Las razones eran muy distintas, algunos siempre tuvieron a alguien encargado de preparar los alimentos, otros crecieron en casas donde la mamá simplemente no permitía que nadie más cocinara porque ese era «su rol». Incluso llegué a escuchar comentarios como que, si no había un plato caliente al llegar a casa, era porque no tenías una buena mujer, son ideas que todavía siguen presentes en muchas familias.
Cocinar también enseña cosas que no vienen en un libro
Lo interesante es que cocinar también enseña cosas que no aprendes en la escuela ni en un trabajo godín. Hace algunos años conocí a un amigo que quería aprender a cocinar, pero había un pequeño problema: en su casa prácticamente tenía prohibido acercarse a la estufa, la cocina era territorio exclusivo de su mamá.
Con el tiempo uno simplemente deja de intentarlo, él sabía perfectamente cómo debía saber cada platillo porque había crecido comiéndolos, pero nunca había tenido oportunidad de prepararlos. Conforme fue creciendo, esa tarea siempre quedó en manos de alguien más: su mamá, la señora de la limpieza, un servicio de meal prep, un chef privado… cualquiera, menos él.
Cuando cocinar significa cosas distintas para dos personas
Tiempo después conoció a una chica con la que congenió muy bien. Había química, intereses en común y una relación que parecía avanzar con naturalidad, pero había algo que nunca terminó de encajar: cocinar.
Para ella era una actividad relajante. Era el momento perfecto para platicar, conocerse mejor y compartir tiempo mientras algo se cocinaba lentamente en la estufa. Para él era exactamente lo contrario.
Lo veía como una tarea tediosa, una pérdida de tiempo y algo que prefería evitar siempre que pudiera.
Puede parecer un detalle sin importancia, pero detrás de esa diferencia había dos maneras completamente distintas de entender el cuidado, el tiempo y la convivencia. Al final, esa diferencia sí terminó pesando en la relación y, después de algunos meses, cada quien siguió su camino.
Para ella cocinar era una manera de ahorrar dinero y conectar con las personas importantes de su vida.
Para él seguía siendo una obligación que evitaría siempre que existiera otra opción.
Una reflexión final
Considero que cocinar es una actividad de genuino cuidado, pero también es un negocio. Son dos caras de la misma moneda que muchas veces intentamos mezclar, aunque en realidad la línea que las separa está bastante bien definida.
Si alguien prepara un alimento para ti de manera completamente desinteresada, normalmente existe una relación mucho más profunda que una simple transacción económica. Cocinar requiere tiempo, atención y dedicación, y regalar ese tiempo suele ser una forma muy silenciosa de demostrar afecto.
Al mismo tiempo, cocinar también es una profesión. Hay personas que han invertido años en aprender técnicas, desarrollar criterio y perfeccionar habilidades que tienen un valor económico. Un chef privado, un servicio de meal prep o un restaurante no venden únicamente comida; también venden experiencia, conocimiento y tiempo.
Quizá por eso sigo pensando que cocinar no es para todos. No porque sea una habilidad reservada para unos cuantos, sino porque cada persona construye una relación distinta con la cocina. Para algunos será un refugio, para otros, un trabajo y para muchos, simplemente una tarea más. Y todas esas formas de vivir la cocina son igual de válidas.
